Sentir. ¿Qué significa sentir? La bibliografía más purista nos habla del sentir como una forma de percepción de una sensación proveniente de un estímulo externo o del propio cuerpo. Otras definiciones más filosóficas nos hablan que el sentir tiene que ver con la percepción de pasiones, sensaciones, sentimientos, emociones, afectos y deseos. Donde busquemos respuestas a esta pregunta, nos encontraremos con un abanico infinito de definiciones que, al fin y al cabo, convergen en un mismo punto en común: sentir es vivir.
Justamente, hace una semana atrás viví una experiencia que me hizo cuestionarme el sentir, ese sentir tan arraigado en las personas pero tan poco libre, tan limitado, tan cuestionado, tan mal mirado... pasaba el día, las horas iban sumando y el cansancio se hacía mas evidente. La gente deambulaba de un lado a otro, algunas corriendo, otras riendo, unas pocas conversando, algunas con el peso del cansancio, similar al mio. Algo quebró el esquema en este contexto, algo que no me pareció, y desde mi ser más natural, emergió molestia, enojo. Lamentable o afortunadamente, mi rostro evidenció de inmediato que algo pasaba conmigo (algo poco común en mí, por lo que escuché), algo que detonó miradas de reojo hacia mí, miradas penetrantes, miradas esquivas, miradas invasivas, miradas condenatorias. Algunas me preguntaron ¿qué te pasa? y al responder que estaba molesta, se apartaron, respetando mi sentir. Otras al hacer la misma pregunta me decían cosas como "¡ay!, pero para que te enojai", "ya pero que le poni's color", "no te amarguís", "oye pero si al final la que más mal lo pasa erís tú si te enojai", y podría seguir repitiendo frases de ese mismo estilo.
Y ahí, después de procesar cada una de esas "frases para el oro", mi enojo se intensificó, y por Dios que se intensificó... ¿quién eres tú para determinar si debo enojarme o no? ¿cuándo se dijo que sentir es para algunos y no para todos? ¿porqué debo abstraerme de lo que siento? ¿en qué momento dejamos de aprender o nunca aprendimos a respetar lo que sentimos y lo que sienten los demás? ¿en dónde guardamos el sentir para no incomodar? Fue tan evidente comprender un sin fin de cosas que aparecieron en mi cabeza, tan esclarecedor, tan perturbador, tan triste, tan inhumano, que comencé a entender la enorme pobreza emocional que nos rodea cada día.
Siempre he sido de la idea de que la libertad personal termina cuando comienza la libertad personal del otro. Los límites son imperceptibles, invisibles, frágiles, tanto así que cuando los cruzas no te estás dando cuenta de las enormes consecuencias que esto conlleva. Consecuencias ni buenas ni malas, consecuencias como tales. Y el sentir es tan personal, tan único, que no debiese existir persona alguna, institución, gobierno, que te imponga cómo debes sentir, qué sentir. Darte cuenta que, de una u otra forma, desde que eras un niño, desde que era una niña, nos dijeron "ya! deja de llorar", "pero para qué te enojas si yo tengo la razón", "mucha risita por ahí ah?", "para de llorar mamón", "las niñitas como tú no andan diciendo esas cosas", "los hombres no lloran", "las mujeres con unas histéricas", es aterrador,..
Y te vas dando cuenta que no nos educan emocionalmente. La sociedad por siglos ha funcionado de cierta manera, con ciertos engranajes y estructuras que pocos han tenido el coraje de cuestionar y transformar. Es fácil entonces seguir encajando en ese sistema que te dice desde pequeño que los hombres no lloran por ejemplo, porque por Dios que debe ser difícil explicarles a los niños que perfectamente como humanos, todos tenemos la capacidad de llorar, y más que la capacidad, las ganas genuinas de hacerlo y por las razones que sean. Más fácil es seguir vistiendo a las niñas de rosado que romper los paradigmas y enseñarles a ellas que colores hay por montones y que ninguno tiene género definido, sólo son. Claramente es más fácil seguir por ese camino seguro, conocido y apaciguador, que abrir los ojos y el corazón y arriesgarte por esa vida con tus propios desafíos, con tus propias convicciones, con lo pedregoso del camino pero que más que heridas deja huellas de sabiduría y valor, tirar todo por la borda para ser feliz, Debe ser más fácil continuar guardando los sentimientos, porque demostrarlos y explicarlos requiere de tener que sentarte a compartir con otros y ser auténtico contigo mismo. ¿Cómo no nos hemos preocupado de educar en la emocionalidad? ¿Cómo no nos hemos preocupado de aceptar y aceptarnos, comprendiendo poco a poco lo que sentimos? ¿por qué nos cuesta tanto hablar de emociones y no avergonzarnos? ¿por qué quienes evidencian mayor emocionalidad son etiquetados como débiles? ¿por qué no podemos decir un 'te amo' sin la necesidad de esperar uno de vuelta? ¿porqué no dejarlo todo y entregarte a eso profundo que guardas en tu corazón?
Y así es como tristemente nos vamos dando cuenta que no somos capaces de comunicarnos, que no somos capaces de parar por un par de segundos y comprender lo que sentimos, que no somos capaces de demostrar sentimientos y emociones por el 'qué dirán', que no somos capaces de abrir nuestro corazón y aceptar que amamos con locura, que odiamos con intensidad, que nos enojamos con potencia, que nos entristecemos con fuerza, que nos alegramos con efusividad, que no somos capaces de dejar y olvidar lo que debiese ser en vez de encontrar lo que nos hace realmente felices, que no somos capaces de nada más que criticar, enjuiciar, desvalorizar, minimizar lo que sentimos, lo que sienten otros, lo que sientes tú, lo que siento yo.
Llorar nos purifica el alma, reís nos libera tensiones, enojarnos nos permite conocer nuestros límites, avergonzarnos nos entrega las fuerzas para enfrentar con mayor soltura y comodidad lo que nos complica, sorprendernos nos abre ventanitas de emociones burbujeantes, abrazar nos conecta, besar nos une, amar nos debiese hacer a todos felices. Sentir es vivir, vivir es sentir, y comenzar a practicarlo es una gran tarea, una gran responsabilidad, una gran travesía para todos...
Arriésgate, 'tírate al río', di lo que callas, despliega tus alas, abre tu corazón, llora hasta que los ojos se te sequen, ríe hasta que el estómago te duela, enójate como si hirvieras como una tetera, asústate para reactivarte, averguénzate para saber qué todo no era tan grave, baila como tú quieras hacerlo, canta aunque se rompan todos los vidrios, llama a esa persona con la que quieres conversar hace tiempo, escríbele a quien quieras leer de vuelta, abraza y entrega todo el calor que tienes, toma de la mano a quien necesite de tu apoyo, escucha esa música que te fascina y te hace vibrar, camina y disfruta de las bondades de la naturaleza, escúchate y reencuéntrate contigo mismo, respira profundo, ama a esa persona aunque todos crean que no es la indicada... porque hoy es tiempo de aceptar que tanto tú como yo sentimos y que saberlo, aceptarlo y vivirlo, es lo mejor que nos puede pasar.

