martes, 11 de julio de 2017

Ahora es cuando...

Hace un par de semanas, se cumplió un año desde que viví una de las pérdidas más dolorosas que he tenido. La muerte en sí nos golpea, y nos golpea de la forma menos esperada que podamos imaginar. A pesar de la relación lejana que tuvimos, su muerte fue como una estaca en el corazón, y desde ese momento fui experimentando una serie de cosas que no pensé jamás que experimentaría. No puedo dejar de decir que, a pesar de esa lejanía, aprendí un montón de él, sus historias y anécdotas mágicas eran como los cuentos que gozamos cuando niños, sus miradas te decían un sin fin de cosas que no eran necesarias describirlas con palabras, y sus silencios eran firmamentos en el tiempo y en el espacio.

Se dice que para poder enfrentar un problema, se debe tener el mayor conocimiento posible al respecto, pero... ¿todas las cosas que enfrentamos las conocemos realmente? Su muerte trajo consigo una serie de cuestionamientos que abrieron mil puertas, cientos de ventanas para comenzar a comprender lo que no quería entender, para hacerme cargo de lo que no quería enfrentar, para sentir lo que el corazón reclamaba con tantas ansias, para cuestionar lo que daba miedo criticar, para amar cuando a veces tenías todo que perder.

La mayoría tilda a la muerte de enemigo, pero gracias a ella mi vida ha ido cobrando mayor sentido. No sabemos cuando llega, ni cómo ni en qué circunstancias... al fin y al cabo, lo desconocido es lo que nos pone los pelos de punta, ¿no?. Una vez recuerdo haber escrito que la muerte es como un sueño de profundo olvido, y ahora que lo vuelvo a analizar, la muerte es un sueño de profundo aprendizaje, y no sólo para quien ya no está presente fisicamente, sino también para quienes seguimos en el camino de la vida, la vida del aquí y el ahora. Y recalco esto porque el pasado, aunque siga formando parte de nuestras vida (hoy somos quienes somos gracias a todo lo que hemos vivido), ya no existe, y el futuro solo se construye en base a lo que hoy estemos dispuesto a hacer, a lo que hoy estemos dispuestos por luchar, a todo lo que hoy estemos dispuestos a abrazar o a soltar, y a todo lo que hoy estemos dispuestos a amar.

Rojzman decía que "la muerte se lleva todo lo que no fue, pero nosotros nos quedamos con lo que tuvimos". Y no puedo negar que tuvimos un montón de bellos momentos, los que recuerdo y recordaré por siempre. Aquellas historias mágicas de tus viajes y aventuras que eran muchísimo mejores que los cuentos clásicos de niñez, aquellas invitaciones a tu casa en donde una rica once de domingo nos hacía terminar una semana 'redondita', ese sillón en el que te sentabas y en dónde compartías tus enseñanzas más genuinas, y esos silencios que dejaban en el firmamento muchas más huellas que el sonido.

No tengo claro aún si la mayor enseñanza que dejaste en mi, la depositaste en vida y yo la descubrí después de tu muerte, o si efectivamente dejaste en mi esa enseñanza hace poco, hace muy poco tiempo. Sólo se con plena seguridad que hoy puedo mirar con la frente en alto y los ojos honestos a quienes forman parte de mi vida, y a quienes no también, y abrir mi corazón sin miedos, porque no hay nada más genuino y verdadero que enfrentar nuestros miedos y salir adelante con la plena convicción de que lo diste todo y más por ser feliz.

Que la muerte no siga siendo el momento en que nos demos cuenta que debemos decir lo que llevamos dentro. No hay motivos para esperar ni avergonzarnos de lo que sentimos, porque los sentimientos nos deberían llenar de orgullo y no nublarnos con miedos ni inseguridades. Porque a pesar del dolor enorme que podamos sentir, no hay momento más hermoso que aquel en el que abriste tu corazón y dejaste salir esa palabra pura y envolvente que lo dice todo en una milésima de segundo. Porque a pesar de que ese otro ser no siga estando en tu vida y aún así no quieras soltarlo por nada del mundo, no hay motivos para no decirle que lo amas intensamente y que cada lágrima derramada te deja más que claro que seguirá estando presente en lo más profundo de tu ser.

Aprendamos entonces a sincerarnos, primero con nosotros mismos y después con los demás. Aprendamos a abrir el corazón y dejar de pensar que es una debilidad hacerlo. Aprendamos a arriesgarnos y a demostrar con un gesto o una palabra, todo el amor que sentimos dentro. Aprendamos a abrazar fuerte y apretado para sentirnos conectados y dejar impresa la huella de nuestro cuerpo y nuestro corazón en el otro. Aprendamos a decir 'Te amo', sin esperar el mismo amor a cambio, porque no hay nada más hermoso que sentir y expresar un amor sincero y profundo.  Aprendamos a perderle el miedo a esa bella frase, escudándonos en palabras que no necesariamente reflejan esa verdad que queremos transmitir. Aprendamos también a mirarnos a los ojos y decirlo todo sin decir nada, porque a veces las palabras sobran y las miradas sinceras faltan por montones. Aprendamos hoy, porque mañana puede ser muy tarde.

Sé que tengo tantas cosas aún por decir y demostrar, pero estoy aprendiendo a llevar a cabo cada una de las cosas que escribí, porque no es fácil, para nada. Sé también que la muerte es sólo un instante en el que el corazón deja de latir, es un momento en el que el alma se libera al destino, y en el que los ojos ven una oscuridad o una claridad que te llama y te libera, y que todo lo demás son sólo excusas para responsabilizar al destino o a la muerte de lo que no dijiste o hiciste, de lo que no arriesgaste o intentaste, de lo que no amaste o quisiste. No esperes, porque nada ni nadie esperará por ti. Ahora es cuando...

"Por eso hoy te digo, una y mil veces, y que a pesar de todo, de lo bueno y lo malo, te amo."

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