Y aquí estamos, ad portas de los treinta, treinta años de experiencias que, de una u otra forma, siguen calando en los más profundo de mi ser, como una espina, como una lanza, como una daga que quedó en el mismo lugar desde aquella vez, y que teniendo plena conciencia de que existe y forma parte de mi, intento no moverla, no tocarla, no sentirla. Pero llega un minuto en la vida, más tarde o más temprano, en que esa herida se siente aún más, deja de estar en el anonimato y comienza a moverse, a retorcerse de tal forma que, intentes lo que intentes, debes afrontarla, debes sentirla, debes escucharla, debes mirarla, debes sanarla.
Y claramente hay heridas más profundas que otras, heridas más superficiales, más tenues, pero que al fin y al cabo, siguen siendo heridas de todas formas. Pero no solo estamos compuestos de heridas, entendiéndolas desde su sentido más crudo y doloroso, también estamos forjados por marcas y huellas, las cuales mantienen olores deliciosos, texturas placenteras, formas enigmáticas, sonidos mágicos, de esos que cuando te encuentras con ellos en otros lugares, en otras pieles, en otros contextos, te hacen viajar en el tiempo a velocidades inconmensurables, sintiendo como si fuese hoy el instante preciso en que esa huella dejó una marca en ti. Y querrías seguir oliendo ese aroma, por ejemplo, pero es tan efímero como el recuerdo que trae consigo, entonces lo atesoras tan fuertemente que poco a poco terminas construyendo un baúl de los recuerdos, lleno de maravillosos tesoros que te permiten seguir viajando en el tiempo, cuando tú lo deseas y de la forma que tú lo deseas.
No tengo claro si efectivamente mis cercanos treinta tengan que ver con todo lo que estoy viviendo, pero se da la casualidad de que se van cumpliendo ciclos y que te vas dando cuenta de esas heridas, de esas marcas, de esas huellas y te preguntas si efectivamente las has escuchado cuando te mandaron señales, si prestaste atención cuando se hicieron más notorias, si las sentiste cuando sangraron, si las acariciaste cuando se sonrojaron... y la respuestas es no, no siempre, no todo lo que hubiese querido hoy, porque claramente en ese momento no tuve las herramientas necesarias para comprender, para asimilar, para hacerme cargo, y de alguna u otra forma el vaso se fue llenando y llega un punto en que aunque trates de tomar pequeños sorbos para hacer caber más agua dentro, lo inevitable ocurre y el vaso se desborda, poco o mucho pero se desborda y comprendes que ya no tienes el control que creías tener, que nunca tuviste la verdad, y poco a poco comienzas a comprender que no es necesario que el vaso se llene y se desborde, que hay momentos en los que ese vaso te manda señales y debemos ser capaces de verlas, escucharlas, sentirlas y así permitir que se genere ese drenaje necesario que todos necesitamos para vivir.
Tengo la noción de haber escrito levemente sobre mi niñez en una de las entradas anteriores, dejando pequeños indicios de todo lo que callé, de todo lo que soporté, de todo lo que asumí sin si quiera estar de acuerdo con ello. Fue en esa etapa de mi vida que aprendí a callar, a guardar, a avergonzarme de mí misma, a dejar pasar, a 'agachar el moño' como se dice en la jerga popular, a asentir, a ignorar... y coincidentemente fue la etapa en donde más heridas quedaron grabadas en mi piel, donde más marcas fueron hechas finamente en mi ser, y donde las huellas de aquellas vivencias dejaron repercusiones inimaginables que aprendí a cargar silenciosamente, hasta hace muy poco tiempo atrás.
Hoy por hoy me jacto de ser una mujer empoderada, de tomar mis propias decisiones, de escucharme, de sentirme, de no ignorarme... pero hay veces que cuesta tanto, tanto! Sobretodo cuando aprendiste a escuchar al resto y dejarte en última prioridad, cuando aprendiste a ayudar a otros por sobre ayudarte a ti misma, cuando aprendiste que los problemas de los demás eran más importantes que los propios, cuando aprendiste que por el bien común dejaste el bien propio olvidado, delegado, despreciado. Y conste que hoy nadie me obliga a seguir este mismo camino, esta misma filosofía, sólo que cuando aprendes y te acostumbras a desenvolverte de cierta manera, casi por naturalidad sigues desenvolviéndote de la misma manera, de esa manera que tanto detestas pero que en cierta ocasiones, no sabes cómo lidiar con ella, como ser superior a ella, como deshacerte de ella.
Y claro, la gente que te rodea está tan acostumbrada a verte, a comunicarse y a relacionarse contigo bajo ese prisma, que cuando te haces consciente de lo que no quieres en tu vida y comienzas a transformarte, a mutar, a cambiar, a ser tú misma, es cuando más la gente te juzga, te critica, te mira con esos ojos condenatorios y te dice: "pero qué te pasa, tú no eres así, porque me respondes de esa forma, porque ahora reaccionas así" y bla bla bla. Y de verdad no los culpo, no lo juzgo... todos aprendemos a funcionar de cierta manera y todos esperamos ciertas cosas de los demás. Y es ahí donde está el punto focal de todo esto.
Hoy estoy cansada, agotada, tanto física como mentalmente... y esto no es culpa de nadie, es más bien consecuencia de no haber prestado atención a esas señales que el vaso casi rebosante de agua envió. Sé que la mayoría de las veces hacemos oídos sordos a ciertos indicios porque sabemos lo que conlleva hacerse cargo de ello, pero de qué otra cosa puede tratarse la vida si no es de permitirnos vivir experiencias que oscilen entre un sin fin de emociones que tiñan, sutil o marcadamente, la forma en que nos desenvolvemos con nosotros mismos y con los demás.
Estoy consiente que vivimos en una sociedad que se rige por ciertas estructuras, estemos o no de acuerdo con ellas, pero me cansé de prestar más atención a lo externo que a lo que legítimamente debí escuchar desde siempre, a mí misma. Hoy me escucharán decir lo que siento y lo que pienso, diré y alzaré la voz cuando algo me enloquezca, en todos los sentidos imaginables, me verán dando los pasos que yo quiero, a la velocidad y en el tiempo que yo estime conveniente para mí, me sentirán más fría o más cálida, no lo sé, lo que sí sé es que abriré mi corazón tanto o más cuanto yo sienta que me siento cómoda y feliz para hacerlo.
Adiós convencionalidades, adiós estructuras sin sentido, adiós tradiciones inconscientes, adiós a todo lo que de una u otra forma me calló tan profunda y dolorosamente. La vida nos empuja en todo momento a elegir, pero esas elecciones no deben pasar por otros, deben ser elecciones que nazcan desde nuestro propio interior, porque quiénes más que nosotros mismos sabemos qué, cómo, dónde y porqué queremos tomar tales o cuales desiciones. El ruido incesante del exterior no nos ha permito aprender a escucharnos internamente y nadie nos enseña lo contrario, porque todos somos hijos e hijas de ese mismo sistema que corrompe el silencio mágico de nuestro ser interior. Así que tomemos las riendas de nuestra vida, partiendo por escuchar el silencio de nuestro ser y así encontrar las respuestas que tan incansablemente buscamos en otros. La verdad no es una sola, y no se imaginan los increíbles matices que ella puede tener... cada uno decide qué verdad hacer suya y si luchar o no con uñas y dientes para creer en ella, y no que otros la creen y crean en ella por nosotros.
"Estamos condicionados para creer que el mundo exterior es más real que el interior y el nuevo modelo de ciencia afirma lo contrario: que lo que nos pasa adentro crea lo que pasa afuera" (InnSaei).


Fran
ResponderEliminarQue bkn leer el camino de vida por el que estás fluyendo. Sigue tus instintos, tus llamados internos, que todo ello solo te lleva a un próspero resultado, ser feliz.
Cariños
Jo
Qué paso contigo que dejaste de escribir? Hay personas que no te olvidan...... Nunca......
ResponderEliminarNunca... :)
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